
Cuando explicas de más, quizás no estás defendiendo tu versión… estás intentando no desaparecer...
Durante mucho tiempo creí que si lograba decir las cosas con suficiente claridad, todo se resolvería. Pensé que el problema era mío, que tal vez no me estaba comunicando bien, que si aprendía a expresar lo que sentía sin herir, sin acusar, sin reprochar… entonces el otro finalmente entendería.
Me esforcé, aprendí a hablar desde el “yo siento”, a regular el tono, a elegir palabras cuidadosas, a no reaccionar desde la rabia, y sin embargo, algo seguía sin funcionar. Porque hay algo que nadie nos dice: la buena comunicación no funciona cuando la otra persona no quiere comprender.
Recuerdo muy bien que en cierto momento le dije:
— “Esto me está doliendo.”
Pero tristemente su respuesta fue:
— “Estás cayendo en reproches”
Entonces volví a explicar, buscando mejores palabras, intentando ser más clara, más suave, más racional.
Y sólo cuando salí de esa relación vi el panorama completo: El problema nunca fue la forma, el problema era que cada vez que yo expresaba desde lo sentía, eso le incomodaba. Y entonces reconocí que cuando alguien convierte tu sentir en un “reproche”, la conversación adulta se vuelve imposible, porque ya no se trata de comprender, sino de defenderse.
Así que lo comprendí, la comunicación tiene sus trampas… acompáñame a profundizar en ellas:

Nos han dicho que la base de toda relación sana es la comunicación, y es cierto. Pero hay una distinción importante: la comunicación sólo es transformadora cuando hay reciprocidad emocional.
Si no la hay, explicar más no crea comprensión sino que crea desgaste; y a veces, en nombre de “comunicarnos mejor”, terminamos justificando lo que nos hiere, nos convencemos de que si lo decimos de otra forma, si usamos mejores palabras, si somos más pacientes… entonces todo cambiará.
Pero hay momentos en los que la madurez no está en explicar más, está en observar quién se mete al agua contigo… y quién se queda en la orilla mirando.
Para Carl Gustav Jung, la energía psíquica —la libido en sentido amplio— no es únicamente impulso sexual, sino fuerza vital orientada hacia algo, es dirección, intención, inversión.
Cada vez que explicamos, justificamos o traducimos nuestra vivencia para que el otro la entienda, estamos desplazando energía hacia afuera; y la energía que se desplaza, deja de estar disponible para la autorregulación interna. Explicar no es el problema, el problema es cuando la explicación se convierte en estrategia de supervivencia vincular.
Ahí aparece el desgaste invisible:
Energía invertida en anticipar malentendidos.
Energía invertida en suavizar el propio dolor para no incomodar.
Energía invertida en sostener una conversación que ya no es diálogo, sino monólogo argumentado.
Desde la psicología junguiana, cuando la energía no circula en reciprocidad, se produce un desequilibrio del sistema: uno se expande, el otro se retira; uno invierte, el otro se desvincula internamente. Y entonces ocurre una paradoja dolorosa: quien más insiste en sostener el vínculo, termina revelando que es quien más teme perderlo, no porque sea débil, sino porque algo antiguo se está jugando ahí. En términos simbólicos, la psique no lucha solo por esa relación concreta, lucha por una narrativa más vieja: la de ser vista, elegida, reconocida.
Cuando la energía se agota y la puerta no se abre, algo dentro empieza a doler con una intensidad que no se explica solo por la situación presente, porque el presente rara vez duele solo por sí mismo, duele porque toca algo que ya existía. Detrás del deseo de hacer que funcione no hay solo amor, hay historia, hay arquetipo, hay una niña que aprendió que debía esforzarse para no desaparecer.
Si descendemos con honestidad, encontramos que la insistencia no tenía una sola raíz, tenía varias capas superpuestas, todas conectadas con una herida profunda que buscaba reparación. Estas son algunas de esas capas:

1. El anhelo más antiguo: “mírame, entiéndeme”
Una parte de mí quería algo muy simple y muy humano: sentirse vista.
El deseo de explicar compulsivamente suele esconder una necesidad arquetípica: ser reconocida en la propia verdad. No se trata solo de que “entienda lo que pasó”, se trata de que valide mi experiencia interna, de que confirme que mi dolor fue real.
Cuando esa validación no llega, algo en nosotras siente que vuelve a desaparecer.
2. Explicar para no perder el vínculo
Otra parte de mí pensaba: “Si logro que entienda, el vínculo no se rompe del todo.” Aquí entramos en un mecanismo mucho más inconsciente: Explicar se convierte en una forma de sostener la conexión. Mientras haya conversación, mientras haya posibilidad de comprensión, todavía hay esperanza.
Desde lo junguiano, esto puede entenderse como una dificultad en el proceso de individuación: cuando aún buscamos que el otro confirme nuestra identidad, en lugar de sostenerla internamente. La explicación se transforma entonces en un puente imaginario: si cruzas este puente y ves mi verdad, quizás todavía podamos encontrarnos.
Pero cuando la puerta nunca se abre, lo que duele no es solo la relación; duele la fantasía que sostenía nuestra esperanza.
3. La necesidad de reparación: el “lo siento” que nunca llegó
Hay una parte aún más profunda: la que no quería volver, sino reparar, la que deseaba escuchar:
“Lamento tu dolor.”
“No supe verlo.”
“Ahora entiendo.”
Ese “lo siento” no es trivial, es simbólico; representa restauración psíquica. Cuando alguien reconoce el daño, algo dentro se reorganiza. Si no llega, la psique intenta forzar esa reparación a través de la explicación constante, como si al detallar lo suficiente el sufrimiento, finalmente apareciera el reconocimiento.
Pero la reparación verdadera no siempre depende del otro, y ahí comienza el trabajo más difícil: aceptar que quizá esa validación externa nunca llegará.
4. La sombra que se activa cuando no somos elegidas
También hay algo más incómodo: la activación de la sombra. En términos junguianos, la sombra no es solo lo oscuro; es todo aquello de nosotras que no fue reconocido, integrado o valorado.
Cuando alguien no nos abre la puerta de su mundo, no nos incluye, no nos elige, puede despertar viejas memorias psíquicas:
“No soy suficiente.”
“No soy digna de pertenecer.”
“Tengo que esforzarme más para que me vean.”
Entonces explicar se vuelve una forma de intentar recuperar valor. Pero el valor no se negocia, no se demuestra, no se suplica.
5. Cuando la puerta no se abre: el verdadero aprendizaje
Hay algo profundamente doloroso en intentar muchas veces y que la puerta nunca se abra. Sin embargo, desde la mirada junguiana, cada vez que una puerta externa permanece cerrada, la vida nos está empujando hacia una interna.
Tal vez el verdadero movimiento no era que él entendiera, tal vez era que yo comprendiera por qué necesitaba tanto que lo hiciera.
Ahí comienza la individuación real: cuando dejamos de intentar pertenecer relaciones donde sentimos que no encajamos del todo, y empezamos a preguntarnos dónde sí hay coherencia con nuestra alma, donde si podemos ser nosotras mismas.

Tal vez la pregunta no es: “¿Algún día entenderá?” Sino: “¿Qué parte de mí necesita todavía que él entienda?” Porque cuando logramos mirarnos con la misma profundidad con la que queríamos ser miradas, algo cambia.
Ya no explicamos para ser aceptadas, ya no insistimos para ser reconocidas, ya no buscamos reparación donde no hay conciencia, y entonces, la puerta que realmente importa empieza a abrirse.
El primer paso para abrir esta puerta interna es la claridad. Te comparto algunas señales para empezar a distinguir entre el amor que permite la buena comunicación y la relación que desgasta y donde al final sólo estoy buscando una forma de validación:
Tengo miedo de hacer preguntas claras (¿qué siente por mí?, ¿qué busca?) por temor a perder la conexión.
Interpreto gestos pequeños como grandes pruebas de amor, aunque en el fondo sé que aún no hay bases sólidas.
Me esfuerzo por agradar más que por ser auténticamente yo.
Minimizo mis necesidades para no incomodar al otro ni arriesgar la relación.
Fantaseo con el futuro juntos mucho más de lo que compartimos en la realidad.
Siento alivio cuando recibo una muestra de atención, pero no una alegría serena.
Creo que si el otro me elige, yo voy a sentirme mejor conmigo misma.
Puedo preguntar con libertad y recibir respuestas honestas, aunque a veces duelan.
Siento que puedo ser yo misma sin miedo a perder al otro.
Ambos estamos disponibles emocionalmente y el interés es mutuo, sin esfuerzos unilaterales.
Mis necesidades son escuchadas y consideradas como parte natural del vínculo.
No necesito pruebas constantes, porque hay una base de confianza que se va construyendo con el tiempo.
Siento plenitud conmigo misma y el otro es un compañero, no un reparador de vacíos.
Si sientes que te reconoces en estas líneas —si has invertido energía intentando reparar vínculos que no se abrían— quizás no necesitas más estrategias de comunicación, necesitas un proceso: un espacio donde no tengas que traducirte, donde puedas comprender la raíz inconsciente de tus patrones afectivos, donde la herida deje de dirigir tu elección y empiece a integrarse en tu identidad consciente.
Si estás lista para dejar de perseguir validación y comenzar un verdadero camino de transformación, te invito a dar el siguiente paso:
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Porque sanar no es que el otro entienda, sanar es que tú ya no necesites que lo haga para saber quién eres. Y esa es una libertad que nadie puede retirarte.

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