Lo que me contó mi niña herida... la que siempre esperó ser elegida

Creí que era mala suerte en el amor… hasta que escuché lo que mi niña herida tenía que decir...

Siempre sentí que había algo defectuoso en mí, como si llevara una marca invisible que hacía que los otros se alejaran justo cuando yo más necesitaba que se quedaran. En el amor, esa sensación tomaba la forma de una condena silenciosa: relaciones que empezaban con promesas y terminaban confirmando la vieja sospecha de no ser suficiente.

Y sin darme cuenta, aprendí a callar mi voz, suavicé mis límites, aprendí a leer el clima emocional de los demás como quien estudia el pronóstico del clima para que no le caiga encima la tormenta. Y así por muchos años, todo para pertenecer, todo para que, por fin, alguien me dijera ‘quédate!’ .


En mi proceso de sanación volví a ella y la escuché. Estaba en un rincón interno, acurrucada, cubriéndose el rostro, cansada de llorar en silencio y de temblar en soledad. No pedía aplausos ni heroicidades, sólo quería ser vista.


Entonces la tomé de la mano y esto fue lo que me contó:

Niña interior sentada en un rincón iluminado representando la herida de abandono y el proceso de sanación emocional.

💔La niña que espera ser elegida

La niña que espera ser elegida no desaparece con la edad, se transforma, se maquilla, aprende a hablar con seguridad, pero sigue ahí. Se asoma en cada mensaje que miras una y otra vez esperando respuesta, en cada gesto de entrega desproporcionada, en cada silencio que toleras por miedo a incomodar; en esa necesidad casi imperceptible de pedir permiso para existir.

Durante años creemos que esa niña es débil, que debemos superarla, que lo correcto es volvernos fuertes, independientes, autosuficientes. Pero lo que ella necesita no es ser corregida, sino reconocida, porque su llanto no es dramatismo: es memoria; su espera no es ingenuidad: es lealtad al deseo primario de haber sido amada.

Cuando elegimos parejas que se van, que dudan, que no se comprometen o que nos hacen sentir pequeñas, no estamos eligiendo con libertad, estamos eligiendo con hambre, y el hambre no es mala; es humana. El problema es cuando no sabemos de dónde viene.

Ese hambre no nace en el presente: tiene raíces antiguas, raíces que se formaron cuando aprendimos, quizá muy temprano, que el amor podía retirarse, que la aprobación debía ganarse, que existir plenamente podía resultar incómodo para alguien más. Entonces intentamos otra estrategia: si me hago más pequeña, si no molesto, si comprendo más de lo que exijo, tal vez esta vez sí me elijan. Pero cada vez que forzamos una puerta cerrada, algo en nosotras se cierra también.

El nuevo amanecer no llega cuando por fin alguien nos escoge, llega cuando comprendemos que ya no necesitamos esperar ser elegidas para existir con dignidad.

🧠 Cuando el pasado se filtra en el presente: Trauma, Disociación y Hambre afectiva

Desde la mirada de la psicología del trauma —tan estudiada por autores como Bessel van der Kolk— sabemos que la esencia del trauma es la fragmentación.

La experiencia abrumadora no se integra como un recuerdo más, se divide, se disocia. Emociones, imágenes, sensaciones corporales y pensamientos quedan sueltos, como piezas de un rompecabezas que no encaja, y esas piezas no se quedan quietas en el pasado: irrumpen en el presente. Por eso a veces reaccionamos de forma desproporcionada ante algo aparentemente pequeño: Un mensaje que no llega, un cambio de tono, un silencio.

El cuerpo responde como si estuviera a punto de ser abandonado definitivamente, como si aquella vieja herida volviera a abrirse. Y lo más desconcertante es que muchas veces no somos conscientes de que no estamos reaccionando solo a lo que ocurre hoy, sino a lo que ocurrió entonces.

La disociación nos protege cuando somos pequeñas, nos permite sobrevivir a experiencias que nos sobrepasan, pero en la adultez, esa misma estrategia puede alejarnos de la vida presente, manteniéndonos en estado de alerta. Las hormonas del estrés siguen circulando, el sistema nervioso actúa como si el peligro fuera constante.

El reto no es únicamente “aceptar lo que pasó”. El verdadero desafío es aprender a sentir sin desbordarnos, nombrar lo que ocurre dentro, observar nuestras reacciones sin juzgarlas; sentir, identificar, poner palabras. Ese es el primer acto de recuperación.

Porque las situaciones se vuelven insoportables cuando parecen interminables. El trauma instala la sensación de “esto durará para siempre”, y en el amor, esa sensación adopta formas conocidas: “si esta relación no funciona, nunca seré amada”; “si me deja, confirmará que algo está mal en mí”.

Cuando no logramos sentirnos vivas en el presente, la mente regresa a los lugares donde alguna vez hubo intensidad, incluso si estaban llenos de dolor. Es una paradoja: preferimos un vínculo que nos active el miedo antes que el vacío de no sentir nada.

Pero mientras la mente se defiende de amenazas invisibles, nuestra capacidad de vincularnos sanamente se ve comprometida. Se afectan la imaginación, la creatividad, la planificación, el juego, la atención a las necesidades propias y ajenas. El trauma no solo habita en el recuerdo, habita en la forma en que nos relacionamos.

Representación conceptual del cerebro y los sistemas de recompensa asociados al deseo y la intimidad emocional.

Dejar de esperar...

Sanar no significa borrar a la niña que espera ser elegida, significa convertirnos en la adulta que la elige primero. No se trata de negar el deseo de ser amadas, se trata de dejar de negociar nuestra dignidad para obtenerlo. 

Cuando empezamos a reconocer nuestras reacciones como ecos de una memoria antigua, algo cambia: ya no somos “demasiado sensibles”, somos coherentes con una historia que necesita ser integrada. Y entonces, poco a poco, dejamos de elegir con hambre, para elegirnos con conciencia. Y esa diferencia —aunque no haga ruido— transforma por completo el tipo de amor que estamos disponibles para vivir.

Volver a ver a la niña: Ejercicio de reescritura interior

¿Quién soy yo cuando dejo de ser lo que aprendí a ser?

Sanar no es convertirte en una versión impecable de ti: Es volver a casa, a tu centro, a ese lugar donde no necesitas demostrar nada para existir.

Es hablarte con la ternura que nadie supo darte, abrazarte sin condiciones.
Dejar de medirte con reglas ajenas.
Recordarte —una y otra vez— que tu valor no se negocia, no se compra, no se pierde, porque tu valor es sagrado.

Sanar esta herida no significa aprender a “merecer” amor. Significa dejar de vivir para merecerlo
y empezar a compartirlo desde la plenitud de quien sabe que ya lo merece.

Respira, vamos a entrar juntas en la escena...

🌌 Toma tu cuaderno y haz el siguiente ejercicio:

1️⃣ Recrea la escena original: Cierra los ojos y permite que aparezca un recuerdo en el que te sentiste ignorada, comparada o injustamente medida. Escríbelo con detalle:

  • ¿Cuántos años tenías?

  • ¿Quiénes estaban allí?

  • ¿Qué palabras se dijeron —o no se dijeron—?

  • ¿Dónde estaba tu cuerpo?

  • ¿Qué sentiste exactamente en el pecho, en el estómago, en la garganta?

No lo edulcores, no lo analices todavía. Descríbelo como si fueras una cámara que observa.

2️⃣ Escríbelo desde tus ojos adultos: Ahora vuelve a esa escena, pero desde tu conciencia actual. Pregúntate:

  • ¿Qué interpretación hice en ese momento?

  • ¿Qué narrativa construí sobre mí? (¿“No soy suficiente”? ¿“Debo esforzarme más”? ¿“Tengo que ser mejor que…”?)

  • ¿Cómo esa creencia ha influido en mis elecciones afectivas?

  • ¿En qué relaciones he vuelto a sentir exactamente lo mismo?

Aquí aparece la clave psicológica: muchas de nuestras reacciones adultas no son desproporcionadas, son memorias activadas. El cuerpo revive lo que no fue integrado, lo que no fue nombrado. No estás “exagerando”, estás recordando.

3️⃣ Cambia el guión: Ahora entra tú en la escena.

Visualízate adulta, caminando hacia esa niña. No la juzgas, no la corriges, no le dices que sea fuerte. La tomas de la mano: ¿Qué le dices?
¿Le explicas que no fue su culpa?
¿Le cuentas que su valor nunca estuvo en juego?
¿La abrazas hasta que deje de temblar?

Escribe ese diálogo. Permite que tu voz adulta se convierta en el hogar que ella nunca tuvo. Este acto no es fantasía. Es integración. Es dejar de vivir disociada entre “la niña herida” y “la mujer funcional”, es unirlas.

4️⃣ Afirmación espejo: Colócala frente a un espejo imaginario —o real— y mírala a los ojos. Dile en voz alta:

“Tú mereces ser amada sin condiciones.
No necesitas destacar para ser valiosa.
Eres suficiente.
Y yo no volveré a ignorarte jamás.”

Repite hasta que tu cuerpo lo crea un poco más que ayer.

5️⃣ Guarda una imagen símbolo: Dibuja a esa niña o encuentra una imagen que la represente. Colócala en tu diario, en tu escritorio, en tu altar personal. Que no vuelva a estar sola en un rincón interno, que sepa que ahora tiene a alguien que la ve: tú.

Mujer adulta abrazando a su niña interior como símbolo de integración emocional y reescritura interior.

Reflexión final e integración

🌸 La adultez emocional no llega cuando alguien decide amarnos, llega cuando dejamos de perseguir. No todos los hombres que aparecen en nuestra vida son príncipes, algunos son señales, espejos, puertas que se cierran para que mires hacia dentro. Y en ese momento —entre claridad y dolor— puedes hacer lo más valiente:

Elegirte: No por rabia, no por orgullo, sino por dignidad.

Decirte: “No importa quién no me eligió, yo sí lo haré.
Yo sí me quedaré.
Yo sí me veré.
Y no voy a seguir esperando que alguien venga a salvarme.

Porque la única que puede romper el hechizo… soy yo.”

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